
En El Salvador —donde nació, en la playa de El Zonte, el experimento de adopción de Bitcoin más conocido del mundo— se celebró el Bitcoin Circular Economy Summit 2026. Hasta allí llegó Bitcoin Dominicana con una pregunta sencilla pero ambiciosa: ¿puede la República Dominicana construir su propia economía circular Bitcoin partiendo del campo, el turismo y las comunidades rurales?
Este artículo se mueve en dos planos. Uno es El Salvador: la conversación con Mike Peterson, el hombre detrás de Bitcoin Beach, como fuente de inspiración. El otro es la República Dominicana: el potencial real del país, ilustrado con fotografías propias tomadas por Bitcoin Dominicana en suelo dominicano.
Nota: salvo las imágenes del Summit y de la entrevista con Mike Peterson (El Salvador), todas las fotografías de este reportaje fueron tomadas por Bitcoin Dominicana en la República Dominicana. No documentan El Zonte: ilustran cómo podría verse una economía circular Bitcoin adaptada a la realidad dominicana.

Una conversación con Mike Peterson, el arquitecto de Bitcoin Beach
Bitcoin Beach no surgió de un decreto ni de una gran inversión. Comenzó en 2019, cuando una donación anónima en Bitcoin se canalizó hacia proyectos comunitarios en El Zonte con una condición clara: que el dinero circulara dentro del pueblo en lugar de convertirse de inmediato a dólares. Mike Peterson fue una de las figuras que ayudó a coordinar ese esfuerzo, y el modelo terminó inspirando la Ley Bitcoin de El Salvador.
Para Bitcoin Dominicana, el valor de hablar con Peterson no estaba en copiar al pie de la letra lo que se hizo en El Salvador, sino en entender la lógica de fondo: una economía circular funciona cuando la gente recibe y gasta en Bitcoin sin necesidad de salir del sistema. El reto, en el fondo, no es tecnológico; es de confianza y de educación.

Las piezas de una economía circular Bitcoin ya están en la República Dominicana
La lección de Bitcoin Beach es que una economía circular se construye con gestos cotidianos: un comercio que acepta pagos, un cartel que enseña a empezar, una billetera en el teléfono. La buena noticia es que esas piezas no son exclusivas de El Salvador. Las fotografías que siguen fueron tomadas por Bitcoin Dominicana en la República Dominicana y muestran que los primeros ladrillos —y, sobre todo, la gente dispuesta a colocarlos— ya existen aquí.

La adopción se sostiene en lo cotidiano: un colmado que cobra la compra del día, un puesto de comida que acepta sats por un plato caliente, un café que se paga escaneando un código. Cada una de esas transacciones, repetida a diario, es lo que mantendría viva una economía circular dominicana. Estas escenas, captadas en el país, dejan de ser una postal extranjera para convertirse en una propuesta concreta.




Detrás de esa naturalidad hace falta infraestructura: puntos de venta sencillos, billeteras accesibles como Blink y, sobre todo, educación de calle. El arte urbano también empuja, recordando en cada pared que Bitcoin puede ser parte de la identidad de un lugar.

Arroyo Frío y Constanza: las candidatas dominicanas
Si El Zonte demostró que una economía circular Bitcoin puede florecer en un pueblo de playa, la apuesta de Bitcoin Dominicana mira hacia la montaña. Arroyo Frío y Constanza, en el corazón agrícola de la República Dominicana, reúnen ingredientes parecidos a los de El Salvador en 2019: comunidades unidas, una economía local intensa y un flujo constante de visitantes.

Constanza es conocida como uno de los grandes graneros del país: café, hortalizas, flores y fresas salen cada semana hacia los mercados de Santo Domingo y Santiago. Arroyo Frío, a las puertas de los saltos y reservas de Jarabacoa, vive del agroturismo. En ambos lugares circula dinero en efectivo todos los días, y es precisamente ahí —donde hay comercio constante y comunidad— donde una economía circular puede echar raíces.

Agricultura Bitcoin: del campo a la billetera
La agricultura Bitcoin no consiste en minar criptomonedas en una finca. Consiste en que el productor de café pueda cobrar parte de su cosecha en Bitcoin, ahorrar en un activo que no pierde valor con la inflación del peso y volver a gastar esos sats con el colmadero, el transportista o el ferretero del pueblo. Cuando ese círculo se cierra dentro de la comunidad, el valor se queda en casa en vez de evaporarse en comisiones bancarias y cambios de divisa.
Para los pequeños agricultores de Arroyo Frío y Constanza, que muchas veces operan al margen del sistema bancario tradicional, una billetera en el teléfono puede ser la primera herramienta financiera realmente suya. Ese es, quizá, el aprendizaje más profundo que Bitcoin Dominicana se trae de El Salvador.
Turismo Bitcoin: el puente con el visitante internacional
Si la agricultura es una pata del modelo, el turismo Bitcoin es la otra. En El Zonte fueron los viajeros que preferían pagar en Bitcoin quienes empujaron a los negocios locales a aceptarlo. La República Dominicana, que recibe millones de turistas al año, tiene un potencial enorme para repetir esa dinámica en destinos de montaña como Jarabacoa, Constanza y Arroyo Frío.
Pero la adopción no tiene por qué esperar al turista: en la República Dominicana ya está empezando desde dentro. Las siguientes escenas, captadas por Bitcoin Dominicana, lo demuestran —una artista que cobra su obra en Bitcoin, una joven que abre su primera billetera, y el trabajo con comunidades jóvenes.



El visitante que ahorra en Bitcoin busca lugares donde gastarlo, y cada comercio que lo acepta se vuelve un imán para ese nicho. Es un círculo virtuoso: más turismo Bitcoin impulsa más adopción local, y más adopción local hace al destino más atractivo para ese turismo.
El factor que no se ve: la comunidad
Si algo dejó claro el paso de Bitcoin Dominicana por el Bitcoin Circular Economy Summit 2026 es que la tecnología es la parte fácil. Lo difícil —y lo decisivo— es la comunidad: los líderes locales que enseñan a usar la billetera, los comercios que se animan a ser los primeros y la confianza que se construye transacción a transacción.

Más allá de Bitcoin Beach: hacia un modelo dominicano
La principal lección que dejó el Summit no fue un manual para imitar. Bitcoin Beach funcionó porque encajó con la realidad de El Zonte: un pueblo pequeño, turístico y cohesionado. Copiar ese guion al pie de la letra en la República Dominicana sería un error, porque el punto de partida es distinto —y, en varios sentidos, más favorable.
El país llega a esta conversación con ventajas competitivas que pocas economías de la región combinan a la vez. El turismo aportó US$20.500 millones en 2024, equivalente al 16,1 % del PIB y más de 876.000 empleos, según el Consejo Mundial de Viajes y Turismo (WTTC). Las remesas sumaron alrededor del 9 % del PIB en 2024, muy por encima del promedio mundial, de acuerdo con datos del Banco Mundial. A eso se suman una agricultura sólida en zonas como Constanza, comunidades rurales activas, un marcado espíritu emprendedor, una adopción tecnológica en ascenso y una población joven.
Hoy esas piezas funcionan por separado. El turista paga en dólares que se cambian y se van; el agricultor vende su cosecha y cobra en efectivo; el familiar en el exterior envía remesas que pierden valor en comisiones y conversiones. La pregunta estratégica que dejó el Summit es si Bitcoin puede actuar como la infraestructura monetaria común que conecte todas esas actividades: una capa de pagos sin fronteras donde el sat que entra por turismo se use para comprar café local, donde la remesa llegue sin intermediarios y donde el productor pueda ahorrar en un activo que no se devalúa. No se trata de reemplazar el peso, sino de reducir la fricción que hoy hace que el valor se escape del territorio.

El capital humano: la variable que cambia el juego
Durante décadas, el desarrollo de comunidades como Arroyo Frío y Constanza dependió casi por completo de dos motores: la agricultura y el turismo. Ambos siguen siendo esenciales, pero ya no son las únicas formas de generar valor desde la montaña. La irrupción de la inteligencia artificial está reescribiendo las reglas de lo que una persona puede producir desde cualquier lugar.
Los servicios digitales —software, diseño, consultoría, atención al cliente, contenido— se entregan hoy de forma remota y ya representan el 56 % de todas las exportaciones de servicios del mundo, según UN Trade and Development (UNCTAD), que calcula que las economías en desarrollo ya superan el billón de dólares en estas exportaciones. Es un mercado al que, en teoría, puede acceder cualquier persona con conexión a internet, viva en una capital o en un valle agrícola.
La inteligencia artificial amplía ese acceso. La OCDE documenta que las herramientas de IA generativa mejoran el desempeño en tareas concretas entre un 20 % y un 40 %, con ganancias de productividad de entre 5 % y más de 25 % en áreas como soporte, desarrollo de software y consultoría. El Foro Económico Mundial, en su Future of Jobs Report 2025, proyecta 170 millones de nuevos empleos y 92 millones desplazados de aquí a 2030 —un saldo neto positivo de 78 millones—, y estima que el 39 % de las habilidades clave cambiará en ese período, con los perfiles tecnológicos a la cabeza.
El cruce de ambas tendencias es lo relevante para la República Dominicana: Bitcoin elimina la fricción para recibir pagos internacionales y la IA multiplica la capacidad de una persona para crear valor. Juntas hacen posible algo que hace una década era impensable: que una comunidad rural exporte conocimiento, y no solo café, flores o noches de hotel. Un joven en Arroyo Frío que aprende a usar IA para programar, diseñar o prestar servicios puede facturarle a un cliente en el extranjero y cobrar al instante, sin una cuenta bancaria internacional de por medio.
El cuello de botella, sin embargo, no es la tecnología sino la formación. El Índice de Capital Humano del Banco Mundial estima que un niño nacido hoy en la República Dominicana alcanzará apenas el 50 % de su productividad potencial a causa de las brechas en salud y educación, por debajo del promedio de América Latina. Ahí está el verdadero trabajo: una economía circular con futuro no se construye solo con comercios que aceptan pagos, sino con personas capacitadas para producir servicios de alto valor. La innovación rural, en definitiva, empieza por la educación.
Una visión para la próxima década
Bitcoin Beach demostró algo que va más allá de la tecnología: que una comunidad puede transformar su economía cuando el dinero permanece circulando entre quienes la conforman. Esa es la idea que Bitcoin Dominicana se llevó de El Salvador, y también el punto de partida para escribir una historia distinta.
La oportunidad de la República Dominicana no está en copiar un modelo extranjero, sino en crear uno propio: uno donde el turismo, la agricultura, el emprendimiento, la educación y el capital humano trabajen juntos en lugar de hacerlo por separado. Un modelo en el que Bitcoin actúe como infraestructura monetaria —la cañería por donde fluye el valor sin fronteras ni fricciones— mientras la inteligencia artificial multiplica lo que cada persona es capaz de producir.
Si esa combinación se consolida, el activo más importante del país en la próxima década no serán únicamente sus playas ni sus montañas. Será el talento de su gente. Y comunidades como Arroyo Frío y Constanza, que durante generaciones exportaron lo que cultivaba su tierra, podrían empezar a exportar también lo que produce su gente.
Este artículo forma parte de la cobertura de Bitcoin Dominicana sobre el Bitcoin Circular Economy Summit 2026 y el futuro de las economías circulares Bitcoin en la República Dominicana. Salvo las imágenes del Summit y de la entrevista con Mike Peterson (El Salvador), las fotografías son originales de Bitcoin Dominicana tomadas en la República Dominicana.
