El acuerdo técnico sobre la segunda y tercera revisiones del programa con el FMI atribuye a donaciones privadas la acumulación de Bitcoin de El Salvador, descarta el uso de recursos públicos y fija la modernización del marco de activos digitales.
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Carlos José Gutiérrez, miembro del equipo educativo de Bitcoin Dominicana, viajó a El Salvador como parte del Bitcoin Beach Fellowship Program. Su recorrido por El Zonte, Conchalío, Berlín, Chalchuapa y San Vicente le permitió conocer desde dentro distintas iniciativas comunitarias, educativas y de adopción de Bitcoin, y regresar a República Dominicana con una idea clara: antes que la tecnología, están las personas.
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En 2022 Bitcoin Beach sistematizó su experiencia en El Zonte en un documento marco: los BUBBLEs, una referencia que comunidades de distintos países han adaptado a su propio contexto. Ahora prepara una nueva versión para noviembre de 2026, y su primer adelanto se titula «Start with Community, Not Technology».
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En 2021, El Salvador sorprendió al mundo al convertirse en el primer país en declarar a bitcoin (BTC) como moneda de curso legal. La medida fue celebrada por entusiastas de las criptomonedas y criticada por organismos internacionales como el Fondo Monetario Internacional.
Más allá de los titulares, la decisión abrió un debate central: ¿por qué algunos países ven en bitcoin una solución urgente, mientras que otros lo consideran innecesario o incluso peligroso?
La comparación entre economías en vías de desarrollo y naciones industrializadas resultó clave. En países como Estados Unidos, Alemania o Japón, la infraestructura bancaria está consolidada y la mayoría de la población cuenta con cuentas bancarias, tarjetas de crédito y servicios digitales eficientes.
En cambio, en territorios como El Salvador, Honduras o la República Dominicana, amplios sectores de la ciudadanía siguen excluidos del sistema financiero tradicional. Allí, bitcoin no aparece como una moda ni como un simple activo de inversión, sino como una alternativa real frente a limitaciones históricas.
El salario mínimo ayuda a entender esta diferencia. En países desarrollados, los ingresos promedio permiten que la mayoría tenga acceso a servicios bancarios formales.
No se trata únicamente de mayor riqueza, sino también de estabilidad: los bancos confían en clientes con ingresos altos y constantes, y los ciudadanos confían en instituciones financieras que rara vez enfrentan crisis profundas. En este contexto, bitcoin funciona más como un instrumento especulativo que como una herramienta de uso diario.

República Dominicana, un caso de estudio
La realidad es distinta en países con salarios bajos. Tomemos el caso de República Dominicana. Aunque su economía es una de las más dinámicas del Caribe, los salarios mínimos en muchos sectores apenas superan los 250 dólares mensuales.
Esta cifra revela por qué millones de trabajadores encuentran enormes obstáculos para acceder a cuentas bancarias, tarjetas de crédito o préstamos.
Los requisitos habituales, comprobantes de ingresos, historial crediticio, garantías, terminan convirtiéndose en barreras insuperables para quienes viven al día.
Ante ese escenario, iniciativas como Bitcoin Dominicana han surgido como alternativas prácticas. Este movimiento ha impulsado talleres, encuentros comunitarios y espacios de formación en los que se enseña a utilizar billeteras digitales y a recibir pagos en bitcoin sin necesidad de intermediarios bancarios.
Para un trabajador informal, un pequeño comerciante o un migrante que envía dinero a su familia, la posibilidad de recibir fondos directamente en un teléfono móvil sin trámites engorrosos puede representar una mejora sustancial en su vida diaria.
¿Por qué bitcoin crece en República Dominicana?
Existen factores específicos que explican por qué países como República Dominicana muestran un interés creciente en el uso de Bitcoin. Uno de ellos es la inclusión financiera.
Según datos del Banco Central, más del 40% de la población adulta no tiene cuenta bancaria. Para este sector, bitcoin puede convertirse en la primera puerta de acceso a un sistema financiero digital. No se necesita más que un teléfono con conexión a internet para comenzar a operar, lo que elimina la dependencia de un banco que actúe como filtro.
Otro elemento importante es la inflación. Aunque República Dominicana no vive una crisis de precios extremos como Venezuela o Argentina, el costo de los productos básicos ha aumentado de forma sostenida, afectando sobre todo a quienes perciben el salario mínimo. En ese contexto, bitcoin se percibe como una reserva de valor alternativa, aun con su marcada volatilidad, pues al menos se encuentra desvinculado de las fluctuaciones locales.
Asimismo, las remesas. República Dominicana recibe más de 10,000 millones de dólares anuales en transferencias, principalmente desde Estados Unidos y Europa. Los sistemas tradicionales implican costos elevados, con comisiones que pueden ir del cinco al diez por ciento y tiempos de espera de varios días.

Frente a ello, bitcoin y otras criptomonedas ofrecen transacciones casi instantáneas con costos mucho menores. Proyectos como Bitcoin Dominicana han sabido aprovechar esta circunstancia, mostrando a familias enteras que dependen de las remesas cómo recibir dinero de manera directa en sus billeteras digitales, sin intermediarios costosos.
Es evidente que no todos los países necesitan adoptar bitcoin con la misma urgencia. En naciones con economías sólidas y sistemas bancarios accesibles, BTC cumplen un papel secundario como herramienta de inversión o diversificación financiera. Sin embargo, en países en vías de desarrollo, donde la exclusión financiera, los salarios bajos y la dependencia de las remesas marcan la vida cotidiana, bitcoin puede convertirse en una herramienta de inclusión y empoderamiento.
La experiencia de Bitcoin Dominicana resulta especialmente ilustrativa. No se trata de una imposición legal desde el Estado, como ocurrió en El Salvador, sino de un movimiento ciudadano que responde a necesidades concretas. Para muchos dominicanos, bitcoin representa acceso, libertad y oportunidad en un sistema que, hasta ahora, les había dado la espalda.
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Bitcoin, finanzas y un «mambo violento» en la pista de baile latinoamericana
Latinoamérica es un continente de contrastes: crisis económicas que golpean una y otra vez, pero también una creatividad desbordante que siempre encuentra cómo resistir; inflación que erosiona bolsillos, pero resiliencia popular que rehace la vida cotidiana. En medio de este vaivén, bitcoin (BTC) se levanta como un nuevo ritmo, una base inesperada en una pista de baile que nunca deja de moverse.
Hablar de dinero en la región es hablar de supervivencia. Cada país tiene su propio compás: devaluaciones que marcan el paso en Argentina, remesas que sostienen a familias en Centroamérica, economías informales que palpitan en todos lados y un acceso al crédito que pocas veces alcanza. Y, sin embargo, hay un punto en común: la búsqueda de soluciones que devuelvan control. Bitcoin, más que una tecnología, aparece como un paso distinto de baile que cada vez más latinos se atreven a ensayar.
La intensidad es comparable a un mambo: rápido, fuerte, a ratos violento, pero siempre con sabor. Desde Medellín hasta Santo Domingo, pasando por Ciudad de México, Buenos Aires y Río, las comunidades se encienden, tejen redes, organizan encuentros y crean un pulso cultural y financiero que rompe reglas establecidas. No es un movimiento suave ni predecible; es un sacudón donde el futuro se improvisa en la pista.
Y en esa gran pista regional, República Dominicana empieza a moverse con fuerza propia. Con una cultura marcada por ritmos que conquistaron el mundo, el país encuentra en BTC un nuevo compás. Su economía, profundamente ligada al turismo y a las remesas, ve en las transacciones descentralizadas un camino para superar costos, barreras y exclusiones.
Aquí es donde surge Bitcoin Dominicana, una iniciativa comunitaria que pone el foco en la educación, la adopción empresarial y la integración social de esta tecnología. No se trata solo de charlas técnicas: es un esfuerzo por contagiar al país con el ritmo de la descentralización, de enseñar que la gente puede tomar control de su dinero, de tender puentes entre la diáspora y quienes reciben las remesas en la isla. En un lugar donde millones dependen de esos envíos, la posibilidad de hacerlo de forma rápida y barata no es una teoría: es un alivio tangible.

El reto está en consolidar el aprendizaje y ampliar la base. Que más negocios acepten bitcoin, que más jóvenes lo comprendan y que el ciudadano de a pie lo vea como una alternativa real y cercana. Así, la isla puede convertirse en un nodo vital dentro de la coreografía latinoamericana, mostrando al Caribe que la soberanía financiera no es un sueño lejano, sino un paso de baile posible.
De arriba hasta abajo, en cada barrio de Santo Domingo, Santiago o Punta Cana, el mambo del dinero digital ya empieza a sonar. Y cuando el ritmo se enciende en República Dominicana, la pista completa —Latinoamérica entera— no puede dejar de moverse.
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