Punta Cana no es todo: los pueblos que podrían renacer alrededor de los aeropuertos dominicanos

Millones de pasajeros aterrizan cerca de Boca Chica. Muchos continúan hacia otros destinos.

Cada año, millones de pasajeros pasan por el Aeropuerto Internacional de Las Américas, el segundo más transitado del país, con 5.2 millones de pasajeros en 2025 según la Junta de Aviación Civil (JAC, 2026). A pocos kilómetros de la terminal comienza Boca Chica: una comunidad costera con una bahía de aguas tranquilas, pequeños negocios y una vida propia que podría integrarse mejor a la experiencia de quienes llegan por este aeropuerto.

Muchos pasajeros continúan hacia Santo Domingo u otros destinos sin considerar una estadía en las comunidades cercanas. No es un reclamo contra las rutas existentes, sino una oportunidad para preguntarnos cómo Boca Chica y otros pueblos del corredor oriental podrían participar más del crecimiento turístico del país.

Un coco recién partido y otro entero junto a unas gafas de sol y una gorra negra con el logo de Bitcoin, sobre la arena de una playa dominicana.
En la costa dominicana, Bitcoin puede conectar ingresos globales con consumo local. Fotografía: Pedro Vital García.

Punta Cana es importante. No es todo.

Nadie puede discutir el peso de Punta Cana y Bávaro en el turismo dominicano. En julio de 2026, ese polo concentró el 58% de todas las llegadas aéreas al país (arecoa.com, agosto 2026), y el país en general cerró 2025 con 11.7 millones de visitantes, un récord histórico (Ministerio de Turismo, vía Diario Libre, enero 2026).

Ese modelo funciona, genera empleo y sostiene buena parte de la economía dominicana. Pero es un modelo, no el único posible. El resto de los viajeros entra por otros aeropuertos —Las Américas, Cibao, Puerto Plata, La Romana, El Catey— y muchos aterrizan al lado de comunidades que rara vez aparecen en un itinerario armado desde afuera.

La pregunta de este artículo no es si Punta Cana debe cambiar. Es si el resto del mapa puede aprovechar mejor lo que ya tiene.

Boca Chica y la ruta hacia el Este

La ruta es sencilla de imaginar porque ya existe: Las Américas, Boca Chica, Guayacanes, Juan Dolio, San Pedro de Macorís. Ninguna parada está lejos. Boca Chica queda a unos 12 kilómetros del aeropuerto, Guayacanes a 28, Juan Dolio a 33 y San Pedro a 49 (estimaciones de ruta por carretera, Rome2Rio).

Son pueblos costeros, no un circuito construido desde cero. Boca Chica tiene una bahía protegida y una comunidad pesquera de siempre. Guayacanes y Juan Dolio ofrecen playas más tranquilas y pequeños hoteles familiares. San Pedro suma historia azucarera, béisbol y un centro urbano con carácter propio. Nada de esto es un secreto para quien vive ahí. Lo que falta no es el destino: es la manera de conectarlo con quien ya está aterrizando a minutos de distancia.

Una estadía larga reparte el gasto distinto

En un paquete todo incluido, una parte importante del gasto puede concentrarse dentro del complejo, reduciendo las ocasiones en que el visitante consume en negocios de las comunidades cercanas. Es un modelo que funciona para muchos viajeros y genera empleos, pero puede convivir con otras formas de turismo que distribuyan una proporción mayor del consumo entre alojamientos pequeños, restaurantes, transportistas, guías y comercios locales.

Un visitante que se queda dos o tres semanas en un pueblo —porque trabaja remoto, porque quiere conocer con calma, porque tiene familia dominicana, o simplemente porque prefiere algo distinto a una pulsera todo-incluido— necesita otras cosas: alojamiento fuera de un paquete cerrado, comida en restaurantes locales, transporte cotidiano, lavandería, un colmado de confianza, alguna excursión con un guía de la zona. Ese gasto no desaparece dentro de un solo edificio. Se reparte.

No hace falta imaginar a un visitante exótico para esto. Puede ser un dominicano que vive en Nueva York y viene a pasar un mes donde creció, una pareja que prefiere una cabaña frente al mar a una torre de doce pisos, o alguien que trabaja por internet y solo necesita buena conexión y un lugar tranquilo. Todos, cuando se quedan más tiempo, terminan gastando de una forma más parecida a como gasta un vecino.

Lo que estas comunidades necesitan mejorar

Nada de esto ocurre solo porque un pueblo tenga playa. Atraer visitantes de forma sostenida exige trabajo, y sería deshonesto no decirlo.

Hace falta seguridad, sin la cual ningún destino prospera. Limpieza y recuperación de espacios públicos, porque una playa con basura no compite con nada. Buen internet, indispensable para quien trabaja remoto. Transporte confiable y señalización clara, para que llegar no dependa de conocer a alguien del lugar.

Hace falta también organizar la oferta —alojamientos, restaurantes, excursiones— para que un visitante encuentre información real, no solo recomendaciones sueltas. Proteger las playas y los recursos naturales que son, al final, el activo principal. Capacitar y cuidar el servicio, porque la hospitalidad también se aprende y se sostiene. Y que comerciantes y residentes participen desde el inicio, con precios transparentes, para que el turismo no se sienta como algo que les pasa por encima, sino como algo de lo que forman parte.

Ninguna campaña de publicidad sustituye esto. Se puede promocionar un pueblo bonito, pero si la experiencia no acompaña, el visitante no vuelve y no lo recomienda.

Pagos digitales —y Bitcoin, como una opción más

Parte de facilitar que un visitante gaste en un pueblo pequeño es facilitar cómo paga. Facilitar tarjetas, transferencias, códigos QR y billeteras digitales puede reducir la dependencia del efectivo y hacer más sencillo el pago para algunos visitantes.

Bitcoin, a través de una tecnología llamada Lightning Network, es una opción adicional dentro de ese mismo grupo: permite pagos pequeños y rápidos, útiles en teoría para un café, un mototaxi o una comida. En República Dominicana no tiene curso legal —el Banco Central lo aclaró en un comunicado de 2021 (BCRD, 2021)—. El comunicado contempla que personas y comercios pueden aceptar estos activos voluntariamente bajo su propio riesgo. Además, la DGII ha señalado en una consulta tributaria que una ganancia materializada al convertirlos puede recibir el tratamiento correspondiente a un incremento patrimonial.

Vale la pena mirar experiencias como la de El Zonte, en El Salvador, conocida como «Bitcoin Beach», donde varios negocios llevan años aceptando bitcoin junto a otros medios de pago (Bloomberg, 2021). Pero conviene ser realistas: esa experiencia muestra que una herramienta de pago puede integrarse en una comunidad turística, no que el modelo se repita automáticamente en cualquier otro lugar. Ningún medio de pago, por sí solo, sustituye la seguridad, la limpieza o un buen servicio. Es una herramienta más, no una estrategia de desarrollo completa.

El mismo modelo, alrededor de otros aeropuertos

Lo que puede pasar en la ruta de Boca Chica no tiene por qué limitarse a ella. República Dominicana tiene varios aeropuertos internacionales, y cada uno es, en los hechos, una puerta hacia comunidades cercanas —no solo un punto de tránsito hacia un resort.

En el norte, el Aeropuerto Gregorio Luperón de Puerto Plata (788,933 pasajeros en 2025, JAC) es la puerta natural hacia pueblos costeros con identidad propia, de Sosúa a Cabarete. En el Cibao, el aeropuerto de Santiago (2.2 millones de pasajeros en 2025, el tercero del país, misma fuente) conecta con una región agrícola y urbana muy distinta a la playa, con su propia oferta cultural y gastronómica.

Un mural con la frase "Puesto Pá Lo Mío" en letras de colores, con palmeras inclinadas por el viento y el mar al fondo, en una comunidad costera dominicana.
Cabarete muestra cómo una comunidad costera puede combinar turismo, pequeños negocios y nuevas formas de pago. Fotografía: Pedro Vital García.

El Catey, en Samaná, es una puerta más pequeña —93,259 pasajeros en 2025, según la misma JAC— y funciona como puerta de entrada hacia distintas comunidades de Samaná. Su menor volumen no elimina su valor para una estrategia turística más distribuida.

Botes de pesca de madera, azules y naranjas, varados en la arena de una bahía, con un hotel visible en la colina al fondo, en la costa dominicana.
Samaná recuerda que cada aeropuerto puede ser una puerta hacia comunidades con identidad propia. Fotografía: Pedro Vital García.

En el Este, La Romana y Bayahíbe ya muestran cómo puede verse este enfoque cuando se organiza formalmente: el clúster hotelero de la zona presentó en 2026 una agenda estratégica que, según su propia dirigencia, busca un crecimiento «que beneficie a las comunidades» e invierta en formación de talento local (Asociación de Hoteles La Romana-Bayahíbe, vía arecoa.com, mayo 2026). No es un modelo cerrado ni una garantía, pero muestra que la idea de conectar aeropuerto y comunidad ya se discute, al menos en un destino.

En otros aeropuertos regionales, donde todavía no existe un plan parecido, la idea sigue siendo una posibilidad, no un hecho. No todas las comunidades cercanas a un aeropuerto dominicano están hoy organizadas para recibir más visitantes de estadía larga. Pero el mapa de puertas de entrada ya existe. Lo que falta, en la mayoría de los casos, es la conexión.

Los riesgos de hacerlo mal

Nada de esto está libre de riesgos. Cuando visitantes con mayor poder adquisitivo se concentran en comunidades pequeñas y aumenta el alquiler de viviendas por temporadas, puede surgir presión sobre los precios y los residentes. Este fenómeno se ha observado en otros destinos latinoamericanos, aunque no demuestra que esté ocurriendo actualmente de la misma manera en Boca Chica, Guayacanes o Juan Dolio. Por eso conviene acompañar cualquier estrategia turística con seguimiento de alquileres, disponibilidad de vivienda y participación comunitaria.

También hay riesgo ambiental, si el crecimiento no viene con protección real de playas y recursos naturales. Y hay un riesgo más simple, pero igual de dañino: que el desarrollo se decida desde afuera, sin la participación de comerciantes y residentes, y termine beneficiando a unos pocos mientras la comunidad solo pone el paisaje.

Ninguno de estos riesgos es motivo para no intentarlo. Es motivo para hacerlo con cuidado, con participación local desde el principio, y con la disposición de corregir el rumbo si algo no funciona.

De puertas de tránsito a puertas de entrada

El punto de partida es una imagen sencilla: millones de pasajeros aterrizan cada año cerca de Boca Chica, mientras las comunidades de esta ruta todavía podrían integrarse mejor a la oferta turística. Lo mismo pasa, en distinta escala, alrededor de Puerto Plata, Santiago, El Catey y La Romana.

Un muelle de madera se adentra en aguas tranquilas de una bahía, con veleros anclados y montañas al fondo, en la costa dominicana.
Baní representa otro territorio con cultura, costa y negocios locales que también puede formar parte de un turismo más distribuido. Fotografía: Pedro Vital García.

Punta Cana seguirá siendo, por mucho tiempo, el motor principal del turismo dominicano. Pero un aeropuerto no tiene que ser solo un lugar de tránsito. Puede ser, también, una puerta de entrada hacia pueblos que ya tienen playa, historia, gastronomía y gente dispuesta a recibir bien a quien llega —si se les da la oportunidad, y las condiciones, para hacerlo.

Entradas recomendadas